Entrevista a Sebastiao Salgado

 Publicado por el 14 Junio, 2011 a las 1:24  Destacadas, Fotografia  Añadir comentarios
Jun 142011
 
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Entrevista publicada en edant.clarin

Entrevista a Sebastiao Salgado, nacido en Brasil y que se ha convertido gracias a su extensa y gran obra en uno de los más reconocidos fotógrafos del siglo XX.

¿Tiene conciencia de cómo toma la cámara cuando enfoca?

No tengo conciencia. Es la primera vez que lo pienso. Pero es cierto. Me sorprende cómo me veo cuando me fotografían fotografiando. Soy muy distinto que cuando me miro al espejo. Las curvas
que toma mi cuerpo, las piruetas que hago para adaptarme a un ángulo.

¿Pero siente placer?

Yo no haría más fotos si no fuera por ese placer: la gente me plantea tantas cuestiones políticas, teológicas, sociales, pero pocas veces le acuerda del placer de fotografiar. Para mí es la única razón para ser fotógrafo, algo que a lo mejor sólo comprende otro fotógrafo. ¿Cómo presentar a Salgado
con palabras? ¿Será que uno es tan sólo lo que hace? ¿Y no cómo lo hace, ni por qué, ni para qué? Tras preguntas nomás. Aunque algunos se sorprendan en el Primer Mundo, Sebastião nunca dejó de presentarse como brasileño, simplemente porque nunca quiso ser otra cosa. Entre sus señas de identidad figuran: nació en el interior de Minas Gerais en 1944, recién a los 15 conoció el mar, se graduó de economista en la Universidad de San Pablo, por su militancia estudiantil se fue exiliado, fue funcionario de la Organización Internacional del Café en Londres, empezó a tomar fotos con una cámara que se había comprado su mujer… Tres años después abandonó la economía. La pasión, que le dicen. Entró a trabajar en la agencia Gamma en el ’75, en el ’79 está en Magnum, sus fotos del atentado contra Ronald Reagan, presidente de los EE.UU., aparecen en los medios de todo el mundo, en el ’94 crea Amazonas Images, su propia agencia, que distribuye sólo sus propios trabajos. Tan formal esto último, de legajo, olvidable como carta de presentación cuando habita los campamentos de refugiados ruandeses, comparte semanas con otros expulsados en Kosovo, penurias de inmigrantes en México, destinos ajenos en pateras perdidas en el mar, sufrimientos de hambrientos por la sequía en el Sahel (Africa), sudores de trabajadores en las acerías de Dunquerque, las llamas de los pozos petroleros incendiados en Kuwait, las caminatas de los ganaderos (como él dice) de animales exhaustos de Sudán, las jornadas barrosas de los garimpeiros de Serra Pelada… Está casado con Lelia Wanick, arquitecta, y tiene dos hijos. Qué pobres las palabras: dicen está casado pero no cuánto ama a esa mujer, que organiza su trabajo, diagrama sus libros, lo mima en la agencia. Y a la que él nombra a cada momento. Otra pasión.

¿Con qué ojo enfoca?

Con el derecho. Tengo un problema con el izquierdo. Como trabajo todo el día, el hecho de usar siempre el derecho me hace cerrar siempre el izquierdo y se fue deteriorando porque le entran cositas:
tal vez arena del desierto, la transpiración… Digamos que el izquierdo quedó un poco burgués. Le pasó lo que nos pasa a nosotros, la costumbre de no ir, de no marchar, de quedarnos, de aflojar.

¿Por qué será que el botón que se aprieta en la cámara para sacar la foto se llama ‘disparador’?
En inglés no se dice “hice una foto”, sino “disparé una foto”. Debe ser porque el fotógrafo tiene instinto de cazador. Estuve con cazadores de canguros en Australia y sus reacciones son muy parecidas a las del fotógrafo. Hablar con Salgado es recorrer el mundo, montado en sus Leica o sus Pentax en largos reportajes de dos meses para los que lleva quinientos rollos. Ahora vuelve del sur de Etiopía y se pasó el fin de semana anterior a esta entrevista con el buscahilos (la lupa de los fotógrafos) sobre las planchas de contacto, seleccionando fotos. No parece una tarea simple. Por ejemplo, para el libro Africa viajó cuarenta veces a ese continente. En su discurso ninguna palabra se escucha más fuerte que otra. Sin embargo, la cadencia brasileña con que las dice no las hace monocordes. Como una muletilla,
preocupado por su interlocutor agrega un “¿entende?” (así en portugués) al final de la frase. Tal vez
para comprender las fotos de Salgado haya que conocer una de sus frases. “Llega un momento en que no es uno quien está sacando fotos. Algo especial pasa entre el fotógrafo y las personas fotografiadas. Me di cuenta entonces de que ellas son las que nos dan las fotos.” ¿Será verdad que los chicos agonizantes de Ruanda, los cuerpos minúsculos de hambre de Malí, las mujeres sin piernas víctimas de las minas antipersonales en Angola, los bebés prendidos de tetas agotadas de una madre de Eritrea, entran en esa categoría? Al final de cuentas, ¿importa si fue así? Sí que importa, más que la foto misma.

¿Sabe los nombres de la gente que fotografió en Etiopía? ¿Sabían ellos para qué los fotografiaba?

Los humanos somos los mismos. No hay diferencia entre fotografiar a una tribu de Amazonas o a alguien en el corazón de París. En el momento en que levanto la cámara esa persona me permitirá o no que entre en su intimidad. Necesariamente debe haber una explicación sobre qué fui a hacer y para qué. Soy yo quien fui a su casa, el que debe acercarse, el que debe hacerse parte del grupo. Por eso viajo solo cuando puedo (como un cazador), por fuerza me tengo que acomodar al grupo, hacer lo que ellos hacen… Si tengo sed, si estoy triste porque me falta mi familia, debo hablar con ese grupo, adaptarme, hacer que me acepten. Decirles que voy a pasar mucho tiempo con ellos, que no haré una foto y me iré. Que no estoy de paso. Ser uno más. Hay que saber llegar y saber quedarse.

¿Y le pasa lo mismo cuando fotografía la naturaleza?

Es igual. En las Galápagos comprendí que las tortugas gigantes tienen sus reglas, sus tiempos, no tenía que seguir la lógica humana porque si no era rechazado. Ante mis fracasos, un guía me dijo: “Sebastião, para que la tortuga te acepte tienes que venir a su altura”. Entonces empecé a a aproximarme de
rodillas. Y la tortuga venía hacía mí y yo retrocedía, siempre arrodillado. Cuando ella se dio cuenta de que yo aceptaba sus reglas, que reconocía que era su casa, no tuve más problemas.

¿Alguna vez los otografiados del Africa se ven en la foto?

Sí, sí, cuando hay oportunidad. Ahora estamos haciendo una digitalización para mandar a una tribu de Amazonas. Las podrán ver porque con ellos está un antropólogo con su computadora. La gente no se conoce en la foto. Con las fotos del Movimiento Sin Tierra se organizaron exposiciones y la gente, sobre todo los chicos, decía: “Estoy viendo que no soy yo, pero soy yo”. Y eso reflejaba la discusión de la persona consigo misma, para situarse en ese momento. Al ver la foto, pasan por momentos parecidos a los que se viven en una playa, cuando viene una ola y deja un poco de arena sobre un objeto, después viene otra y otra que lo cubre más y más, un poco, pero más y más. Y cuando buscas ahí, excavas
un poco y el objeto está ahí. Lo mismo pasa con las personas. Se descubren y se sorprenden. Al principio no se conocen, pero están ahí.

¿Qué hay de eso que pensaban muchos indígenas, que la fotografía les robaba el alma?

No lo veo así. Hay una primera reacción de la gente que obedece a una cuestión de pudor. Ahora, en Africa, me aproximaba a grupos que quería fotografiar. Algunos querían, otros no. Todo bien. Después de un momento, los que no querían volvían, miraban a los otros y se iban otra vez. Al rato regresaban y se ponían para que los fotografiara, pero yo no lo hacía todavía. Se iban otra vez, pero finalmente volvían. Iba a fotografiar a un señor que se sacaba el sombrero, pero le quedaba en la frente la marca del sombrero. Entonces yo le hacía un pequeño masaje. Me dejaba, cerraba los ojos. Al principio todos reían pero después tocaban ellos. Al final, todos querían fotografiarse. En un tren que oficiaba de campo de refugiados en Croacia me pasó lo mismo. Eran bosnios que habían salido antes de ser violados, asesinados. Por eso no tenían el status internacional de refugiados perfectos perfectos y, mientras muchos de sus compatriotas salían para Alemania, Francia, Inglaterra, ellos se quedaban allí, a menos de dos kilómetros de la frontera donde mataban a sus familiares, a sus amigos. Escuchaban las bombas, los tiros. Estaban protegidos, pero expuestos en primera fila a esa angustia de saber lo que pasaba tan cerca y no poder hacer nada. Dentro de ese tren, una mujer de unos 65 años se dio cuenta de que la iba a fotografiar y vino hacia mí, me abrazó y lloró, lloró… Y ahí me di cuenta de que lloró porque alguien le prestaba atención. Cuántas veces cuando estaba fotografiando, la gente venía hacia la lente y hablaba ante él como si fuera un micrófono, para quejarse, pedir, llevar ese mensaje hacia otros. Entonces no es verdad que no quieran fotografiarse.

EL COLOR DISTRAE

De riguroso blanco y negro, sin flashes, las fotos que Sebastião Salgado guarda ordenadamente con tic de obsesivo son bellas hasta el dolor. Los que lo critican aseguran que tanta belleza hace desconfiar. Dicen cosas más duras. Desde las páginas de Le Monde , un crítico lo acusó de hacer “voyeurismo sentimental”. Aunque cambió después, Susan Sontag en Sobre la fotografía decía: “La exhibición repetida del dolor anestesia la percepción”. También, claro, hay mucha gente que escribe bien del trabajo de Salgado. Para dar un solo ejemplo, el historiador uruguayo Eduardo Galeano tiene sobre él una frase también muy bella: “Salgado fotografía personas. Los fotógrafos de paso fotografían fantasmas”.

¿No piensa en las críticas que le hacen?

Los que me critican nunca han estado donde yo estuve, nunca han visto lo que yo he visto, nunca estuvieron frente a situaciones como las que yo enfrenté. Son gente que está ahí, con el culo en la silla de un periódico; les pagan para hacer críticas y las hacen. Al principio es difícil de aceptar, después me di cuenta de que entra en la lógica de las cosas. Otra lucha eterna. El que hace y el que piensa en lo que otros hacen. ¿Le pasará a los críticos lo que al ojo izquierdo de Salgado, la costumbre de no ir, de no marchar, de quedarse, de aflojar? ¿De quedarse cerrado, en definitiva? Vayamos por el absurdo, ahora. Si la belleza es lo que molesta, es que las preferirían feas. Ahora por lo racional. Si lo que abruma es la presencia de la miseria, del dolor, de la muerte, ¿no es acaso que a la brutalidad (aunque bella en las fotos de Salgado, es cierto) de esas fotos la precedió una violencia que también se debe mostrar? Y si lo que molesta, finalmente, es que tanta belleza esconde la realidad, la desarticula, la hace objeto de consumo cultural, mirémoslas más de una vez, pero tal vez sabiendo que algunos por más que las miren diez, cien, mil veces, por más que vayan a esos infiernos, nunca verán las llamas de esa realidad lacerante. Simplemente porque no quieren verla. Para ellos no está, no existe. Dirán siempre: “Ay, me da asco la foto”. Nunca dirán: “Me subleva lo que pasa para que esa foto pudiera ser hecha”.

Cuando va hacer un reportaje, ¿está consciente de que es Sebastião Salgado? ¿De que hay gente pendiente de lo que va a hacer?

Si pensara eso no saldría más de casa, ¿entiende? Cuando entro a un avión soy un reportero como cualquier otro. El hombre pequeñito que todos llevamos dentro jode más de lo que ayuda. Por eso hay que dejarlo a un lado. Es mejor que nadie sepa adónde voy porque si no las puertas se abren de más o se cierran de más.

¿Sus fotos son una protesta silenciosa?

Mis fotos no son de protesta. Son fotos de una forma de mirar el mundo. Tengo mi ideología, mis principios y yo miro desde el lente dentro de esos principios. Intento ser lo más coherente posible con mi manera de vivir, de ser, de pensar y de fotografiar que es el complemento lógico de todo esto. Yo no soy
un fotógrafo militante.

¿Hay límites para lo que se puede mostrar en una foto?

Sí. Pero cada uno tiene el suyo. El problema es ético y la ética no es una constante. Es una variable. En los campos de refugiados del Congo, en Goma, en el ’94 morían 12 mil ruandeses por día. Yo estaba allí. Vi osas bárbaras, terribles. La gente de aquí no las vio. Ahí tal vez esté la gran disparidad entre uno y los otros sobre la definición del campo de la ética, ¿entiende? Entonces se produjo un gran debate, si sabía que mostrarlo o no. Para mí había que mostrarlas hasta en los colegios de chicos de cinco años, para que esto no volviera a pasar.

¿Eso no es creer que la fotografía puede cambiar el mundo?

La fotografía solita no sirve para nada. Adentro de un sistema informativo de las organizaciones gubernamentales, no gubernamentales, de las Naciones Unidas, de los diarios, la fotografía tiene su parte.

¿Hay cosas que no fotografía?

Aquellas imágenes que ofenden la dignidad. Y se queda callado. Y ese silencio lo lleva a pensar a uno cuánto de lo que habrá visto no está en fotos, pero no quedó borrado de su memoria ni de la historia.

¿Sueña o tiene pesadillas con sus fotos?

No sueño con las fotos, sino con lo que veo. Sueño mucho con el mundo en el que intervengo para hacer esas fotos.

¿La foto se explica por sí misma?

Tiene que explicar por sí misma. Para eso debe tener su dosis de fuerza, debo buscar la luz, el cuadro, la intensidad de las cosas que pasan. Es lo más difícil. Entra también el fotógrafo, su estado de ánimo.

¿Qué hay de eso de que una foto vale más que mil palabras?

No creo que sea así. Es sólo un juego de palabras que funcionó bien y que parece verdad. Lo mismo creo que para cumplir con el sentido de información que tiene la fotografía periodística, la foto necesita de un texto, precisa estar dentro de un contexto informativo. Pero la fotografía, ella misma, no precisa traducción. Está hecha en setenta lenguas al mismo tiempo.

¿Cuándo sabe que hizo una gran foto?

Nunca sentí eso. Sinceramente. Sé que estuve en circunstancias fuertes, intensas, como cuando prendieron fuego a los pozos petroleros en Kuwait. Estuve cuatro semanas y no me quería ir. Estaba seguro de que no iba a vivir nunca más algo así, con esas luces, esa densidad… A veces transpiro cuando regreso e un largo viaje y me digo: “No tengo una mierda”. Y veo fotos con problemas técnicos, de cámaras que no funcionaron como debían. Eso mismo, cuenta, le pasó al regresar de El Chaltén, en el sur argentino. “Estábamos en una carpa frente al Cerro Torres y el cielo no se abría. Y de pronto lo veo, qué maravilla, saliendo entre las nubes. Oye, qué cosa linda, como un cuento de hadas. A las cinco horas ya no se veía nada otra vez. Sólo me dio para estas fotos.” Magníficas, me sale. “Oye, con estas luces”, se disculpa antes de mostrar unas fotos del volcán más alto de Siberia, llovido de rayos de sol y cortado por otras nubes que le pasan a media altura. “Rusia es muy parecido al sur argentino”, comenta. ¿Ah, sí?

¿Y qué hay de Salgado en las fotos de Salgado?

Un director de cine trabaja con un iluminador, porque el cine es otra cosa. El fotógrafo trae consigo la luz que le viene de su mamá, de su calle, de su pueblito. Mi formación visual se hizo allí, en un pueblito del interior de Minas, Aimorés, una zona escarpada, una selva, con una descarga de lluvias torrenciales, con nubes bajas. Minas sigue hoy cerca del barroco. Mi imaginario también me viene de Vitória (capital de Espíritu Santo), donde veía salir esos barcos y me preguntaba qué sería el mar abierto, qué sería el resto del mundo. Y después viene la formación ideológica, la cultural, esas variables que te forman como persona. Al final una foto, como un libro, son distintas versiones de uno mismo.

El director de cine polaco André Wadja decía que filmaba en blanco y negro porque el color distrae. ¿Le pasa lo mismo?

Igual. Si la persona que voy a fotografiar tiene el pantalón rojo, ya estoy pensando que es muy colorido y me empiezo a preocupar por el fondo. El blanco y negro al final es una abstracción. Nada es blanco y negro, pero en una especie de pase de magia, transformo todo en una gama de gris y me concentro donde quiero. Sé dónde la luz va a reflejar mejor porque conozco las reacciones del blanco y negro. Hay otra ventaja: la persona que ve la foto en blanco y negro necesariamente imagina la gama de colores que tendría. La resitúa instintivamente. La hace un poco suya, le suma algo de ella. En cambio, los colores ya están ahí, listos para consumir sin ningún esfuerzo. Ahora yo no elegí fotografiar en blanco y negro porque distraía o no, sino por razones más prácticas. Al principio hacía mis propias películas. Y siempre copié, hice laboratorio. El blanco y negro es muy natural en mi vida.

¿Nunca intentó el color?

Sí, pero no me gustó. Hice color porque las revistas me pagaban por eso, pero yo siempre trabajé con tres cámaras, una en color y dos en blanco y negro. Los negativos blanco y negro los guardé, los de color no sé por dónde andan.

¿Cómo vive ese paso entre los campos de refugiados y la vida en París? ¿Qué extraña más, irse o volver?

Varias veces me pregunté si no tengo esta profesión por el placer de volver. El último aeropuerto, regresar a mi tribu también, tener el placer de ser integrado dentro de mi célula, de mi comunidad. Pero
también es un placer el irme. Cuando no me voy empiezo a inquietarme. Por ejemplo ahora, cuando salí del aeropuerto de Etiopía para el sur ya vivo de otra forma, dejo todo atrás. Al final la vida es sólo un minuto, pero eterno.

entrevista a  Sebastiao Salgado

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