Entrevista a Orhan Pamuk

 Publicado por el 7 Mayo, 2013 a las 9:31  Literatura, Literatura, Premios Nobel  Añadir comentarios
May 072013
 
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Entrevista a Orhan Pamuk, escritor nacido en Turquia y que recibió el Premio Nobel de literatura en 2006.

Esta entrevista concedida al diario ElPais y realizada en 2010, con motivo de la promoción de su novela El museo de la inocencia, se centra principalmente en las relaciones políticas entre Turquia y la Unión Europea.

Dice Jorge Semprún: “Es un error, y además no resulta productivo, mantener la idea de Europa basándose sólo en los valores cristianos. Es evidente que el cristianismo y Europa están interrelacionados en una época de la historia, pero ahora Europa, la idea central de Europa, es la democracia”. ¿Y usted cómo ve la idea central de Europa desde aquí?

¡Hay tantas Europas! Y hay muchos niveles para entender Europa. Cuando Kemal Atatürk, el fundador de Turquía, hablaba con las élites gobernantes turcas de que teníamos que llegar a los niveles de la civilización contemporánea se refería abiertamente a Europa. Esa Europa era un objeto de deseo desprovisto de historia, desprovisto de las guerras que combatieron los otomanos durante cuatro siglos… Era la imagen un poco ingenua, no polémica, que se quería tener de Europa. Ésa es la Europa de mi infancia, algo inalcanzable, algo muy lejano, algo que sólo estaba en los mapas… Estabas físicamente en Europa, pero culturalmente sabías que no eras europeo, que no estabas en Europa. Era la Europa deseada. Durante siglos los otomanos se enfrentaron a Europa, ¡eran el mal enemigo, fueron a matar al Mediterráneo! Estaba esa Europa, estaba la Europa cristiana, la Europa contra la que luchaban los turcos. Y ahora está la Europa de hoy, la de la Unión Europea. Y ahora está, para mí, la Turquía más optimista, libertaria, democrática e igualitaria. Y espero que si esa unión con Europa se da, mi país sea una sociedad más democrática, abierta y libre. Esas Europas que han existido para Turquía (la histórica, la deseada, la actual) deberían meterse en el mismo saco para que haya una sola Europa. Semprún dice que Europa ya no debe basarse en el cristianismo, sino en la democracia. Y yo digo que tiene que basarse en los principios de la Revolución francesa: igualdad, libertad, fraternidad. Más que la democracia, eso es lo que representa Europa. Turquía debería satisfacer esos criterios y formar parte de la Unión Europea. Si Europa se basa en el cristianismo y en la historia, Turquía seguirá luchando contra Europa, y en esas condiciones no sería parte de Europa.

En los últimos años Turquía está siendo sometida a examen para esa entrada…

Yo no usaría la palabra examen. Pero sí es cierto que a lo largo de los últimos 200 años ha habido esfuerzos diplomáticos y políticos por parte de Turquía que nunca se han juzgado suficientes por parte europea. Ésta no es una circunstancia de ahora, ¡esto lleva ocurriendo durante dos siglos! En 2005 yo era muy optimista con respecto a nuestra relación con Europa, pero luego todo fue cuesta abajo, y tanto los turcos como los europeos perdieron interés. La integración era una idea buena y gloriosa, nos abríamos paso hacia una civilización nueva, a un entendimiento más amplio de la definición del ser humano; Turquía y Europa fueron acercando posiciones, pero todo desapareció de pronto: Europa perdió interés, Turquía perdió interés. ¿Quién tuvo más culpa? Ése es un motivo de discusión incluso familiar: ¿fue culpa de Europa?, ¿fue culpa de Turquía? Las dos partes son culpables, eso es lo cierto, y ahora ahí está aparcada esta buena idea. Que sería buena para Turquía, porque permitiría desarrollar los derechos humanos, la libertad de expresión, el respeto por las minorías. Y, aún más, permitiría establecer una ley y un orden nuevos que abrirían paso a una sociedad más decente desde el punto de vista económico, consolidarían una ética de los negocios. Es cierto que la UE está fallando un poco en algunos de esos aspectos, pero las pautas están ahí, se conocen, y el Gobierno turco dice que nos vendría bien la integración. Pero ya los pasos que se dan no son tan entusiastas como en 2005.

Cómo ciudadano, ¿siente usted rencor hacia Europa por lo que pudiera haber de racismo en las actitudes de rechazo a la integración?

Es una pregunta difícil. Especialmente en mi juventud he visto mucho racismo europeo, y en general hay muchos prejuicios en Europa contra los turcos. Pero, por otro lado, no puedo decir que los problemas que tenemos con la UE se basen sólo en prejuicios. Creo que, por supuesto, hay prejuicios, pero no hay menos prejuicios en Turquía con respecto a Europa, también quiero subrayar eso. Los prejuicios europeos están basados en una historia de guerras, de gente que salía de aquí buscando botines. Los turcos contemporáneos no hacen eso. Los turcos están asfaltando las estaciones de ferrocarril de Múnich… Por supuesto que hay prejuicios. ¿Existe una nación que no tenga prejuicios con respecto a las otras? Pero eso no debería servir de justificación para exagerar nuestros prejuicios contra los europeos.

Para explicar la relación de Turquía con Europa, usted alude muchas veces al hecho de que su país jamás fue una colonia.

Aunque fue lo más parecido a una colonización europea. Y en los 200 últimos años ha estado tratando de imitar esa civilización. Aunque hubo guerras, la relación entre Turquía y Europa no es comparable a la de Latinoamérica con España o a la de Gran Bretaña con la India. Quizá a veces fue más dramática, pero siempre fue una lucha entre iguales. Entonces, los turcos no debemos tener un sentimiento de humillación hacia los europeos, sino de emulación. Atatürk decía: “Mirad, los europeos son ricos, organizados y felices; debemos ser así”. Hemos hecho lo que hemos podido, pero Europa no se nos ha impuesto como una humillación, sino como una presencia deseada y posible. La humillación viene de la colonización, y Turquía nunca fue colonizada.

Un día de 2002 le escuché decir a un grupo de periodistas españoles en Madrid: “Aquí me ven, soy una persona culta, occidental, y también turco. Porque también soy turco”. ¿Hay un alma especial del turco de hoy?

¡¡Ja ja!! ¿Dije eso? Para mí, como escritor, el alma de un turco es la lengua. ¿La geografía? Todos somos de un mismo país, el mundo. No hay una sola definición del hecho de ser turco. Del mismo modo que no hay una sola forma de ser español. Generalizar sobre la esencia de un país es siempre esencialista y engañoso. La forma como entiendo que es ser turco se basa en estos principios: soy bueno, soy honesto, hago las cosas bien y tengo algunos valores que vienen de la historia. Esos valores son la modestia, la atención a los mayores y otros valores éticos que para mí son primordiales. También nos hace como turcos la historia, claro, hemos sido poderosos, somos descendientes de un imperio que fue poderoso, hay aquí una sobreabundancia de obras arquitectónicas, de antiguas civilizaciones que en definitiva nos conforman. Pero no se es turco de una sola manera. Y ahora somos ciudadanos libres del mundo, cuyo país intenta entrar en Europa, y ése es un tema más práctico que filosófico.

Ustedes los turcos tienen por lo menos algo en común con nosotros, los españoles…

Déjeme que le cuente esta anécdota. Hablando de esto, hace ocho o diez años me dijo un periodista español: “¡Vamos, no se preocupen! ¡Si nos aceptaron a nosotros, también les aceptarán a ustedes!”.

De eso le quería hablar. Nosotros vinimos de una dictadura militar; la integración en Europa aceleró el cambio democrático…

Eso es lo que los turcos liberales y democráticos e igualitarios piensan e imaginan, que esa integración nos proporcionará beneficios muy fuertes, económicos, políticos, emocionales… Estoy de acuerdo con el ejemplo español: Europa ayudará a perfeccionar la democracia turca, a convencer a sus gobernantes de que han de profundizar en el respeto a la libertad de expresión y en el respeto de los derechos de las minorías, algo que no parece que esté ocurriendo.

En su última novela hay muchas referencias a esta relación de Europa como objeto de deseo…

Eran las aspiraciones de la clase alta y dirigente de los años sesenta y setenta del siglo pasado… Creo que tras las negociaciones de los últimos cinco años, la idea de Europa ha perdido el encanto que tuvo; esa idea se ha hecho más política; perdió la inocencia. En mi libro hay referencias al cine, a los libros, a los vestidos, a las cosas. Esa Europa fantaseada que describo en El museo de la inocencia está ahora desapareciendo; ahora se ve a unos europeos con los que se negocia la posible integración política y económica, y eso los convierte en posibles socios o en potenciales enemigos. Protagonizan un futuro positivo a veces, problemático casi siempre. Ya no existe aquella Europa de fantasía, soñada durante 200 años como el lugar deseado al que queríamos pertenecer. La Europa soñada a la que aspiraban las clases altas turcas está desapareciendo de la agenda y se está reemplazando por la idea de Occidente. La modernidad ya no es imitar lo que se hace en Europa, sino lo que se vio en Tokio o en Los Ángeles.

Pero eso pasa en España, y no es malo para Europa. Europa está en el mundo.

Antes de cuestionar la actitud de Turquía, déjeme que le diga algo que siento. Me parece que la UE cometió un error al replegarse. Sintió miedo a expandirse demasiado; no se atrevieron, se replegaron, no arriesgaron. Pienso firmemente que aceptar a Turquía en la Unión supone un riesgo, pero si Europa se atreve, eso funcionará. Creo que la UE ha perdido entusiasmo por la expansión, y el hecho de que ahora sus miembros no quieran una Europa fuerte, grande y unida es una señal de desgana. Pero al fin y al cabo soy turco, y debo decir también que Turquía ha sido lenta en su acercamiento a la UE.

¿Y usted siente ahora que los ciudadanos realizan ese acercamiento con más celeridad que sus gobiernos?

Los ciudadanos turcos están claramente más entusiasmados con la idea de entrar en la UE. En primer lugar, porque piensan que la policía y los funcionarios los van a tratar mejor en Europa, eso lo han visto con sus propios ojos. Hay más respeto por los ciudadanos y en general más atención institucional para los ciudadanos en la UE que aquí. Y además hay muchos atractivos desde el punto de vista económico. Definitivamente, el ciudadano turco apoya de forma más entusiasta la entrada en la UE que el Gobierno turco. Ahora tengo que ir a Londres, ¡y no vea la cantidad de trámites que ha de sufrir un ciudadano turco! ¡Tienes que estampar tantas veces tus huellas dactilares! Conmigo han sido muy educados, pero ahora yo soy un escritor notorio, pero si no lo fuera, tendría que sufrir muchas humillaciones por salir diez días a un país extranjero… Y eso lo ven los ciudadanos.

Pero es cierto que ese entusiasmo también se ha atenuado.

Porque la gente asiste al rechazo, cuya sustancia aprovechan los medios nacionalistas. Cada vez que Merkel o Sarkozy responden a las pretensiones turcas de integración diciendo “no es suficiente”, los medios nacionalistas aprovechan para echar agua sobre la idea de Europa, y eso le ha quitado atractivo. A ello contribuyen los aspectos religiosos del rechazo, que hace que los turcos se replieguen, lo cual hace daño también a aquella idea ingenua de la Europa que queríamos.

En España usábamos la expresión “sueño europeo” cuando, durante los años del franquismo, y después, queríamos la integración. ¿Usaría usted esa palabra, sueño, hablando de la relación de Turquía con la UE?

No, no lo haría. En primer lugar, porque Europa se ha convertido en algo político. Cuanto más política se hace la negociación, o más económica, o más diplomática, menos componente de sueño tiene. Resultaría raro dirigirse a Sarkozy diciéndole: “Mire, tengo este sueño…”. Esta negociación política devalúa sin duda ese sueño ingenuo y glamuroso de la Europa de mi niñez, que era una especie de cielo lejano y deseable, pero no realista… Que quede claro que yo también pienso que será bueno para Turquía entrar en la UE, pero para mí ya no es una idea fantástica, una utopía, un sueño. Es un objetivo político realista y positivo, pero en los últimos cinco años ese objetivo ha fracasado.

La última vez que estuve con usted aquí le acababan de dar el Nobel y era un hombre feliz. Luego le amenazaron por sus declaraciones acerca del genocidio kurdo, hubo disturbios, mataron a un periodista en la calle y el asesino le advirtió a usted que podía ser el próximo. Y usted se fue de Estambul…

Me estaban amenazando. Había una campaña pública contra mí. Mis editores, mis amigos, hasta mi tía que ahora ya está muerta me lo decían: “¡Márchate!”

¿Y cómo se sintió usted como ciudadano, teniendo que irse de su país?

¡Ya son muchas preguntas! Quizá algún día escriba sobre eso. Pero tengo que ser capaz de poner distancia sobre los hechos, sobre mis pensamientos, sobre mi rabia. Tendría que ser capaz de escribir de ello de una forma equilibrada, para que no me dominen la rabia ni los odios personales. Tiene que ser un libro bueno, agradable. Si escribo sobre ello…

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