Entrevista a Michel Houellebecq

 Publicado por el 9 Mayo, 2011 a las 16:06  Literatura  Añadir comentarios
May 092011
 
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Entrevista publicada en lanacion.com.ar

Entrevista a Michel Houellebecq, uno de los más prestigiosos y polémicos narradores de la actualidad. Autor de obras tan conocidas como Las partículas elementales o Plataforma, es, a la par, una controvertida figura pública.

¿No lo abrumó el éxito monstruoso de Las partículas elementales ? ¿No le costó volver al trabajo?

-Debería haberme abrumado; sería lo normal. Pero no, no me paralizó. Cuando decidí volver a escribir, lo hice. Fue a comienzos de 2000, durante una estadía en Tailandia. En realidad, no viajo especialmente para escribir; escribo acerca de lugares que ya visité. Ni siquiera sé de qué me sirve volver a ellos, pues no visito nada. No salgo de mi cuarto. Pero el hecho de estar en el lugar preciso me ayuda. Hay una fuerte sensación de desarraigo, cierta relativización de lo que está en juego.

-Su fama actual ya no le permite inscribirse en un viaje organizado, como el que describe en Plateforme .

-La semana próxima regresaré al club Eldorado, pero creo que será la última vez. En efecto, a veces, en el extranjero, los turistas me reconocen. Eso siempre me sorprende.

-De aquí en adelante le costará observar a la gente, tomar nota de sus conversaciones. Ya no lo ampara el anonimato .

-Tal vez por eso me veo obligado a escribir libros cuya acción transcurra en el extranjero. Es una razón mezquina, pero real.

Plateforme transcurre, en parte, en el extranjero y aborda, a la vez, el islam y el turismo sexual. Francamente, ¿usted busca adrede temas urticantes?

-No los busco, me topo con ellos. En la intersección de estos dos temas hay algo que me impresionó mucho: ver turistas árabes en Bangkok. Fue algo totalmente inesperado. Tenía la idea estúpida de que todos los musulmanes eran buenos creyentes. Al hablar del islam, uno siempre piensa en la suerte de la mujer. De pronto, advertí que en los países árabes también había muchos hombres que se aburrían de una manera espantosa. Contrariamente a la idea que uno tiene, muchos de ellos no creen y viven en una hipocresía absoluta. Cuando vienen a Tailandia, son aún más frenéticos que los occidentales en su búsqueda de placeres. Eso dio origen al libro.

Por otro lado, me hacía una idea totalmente falsa del turismo sexual. Creía que predominaban los alemanes gruesos y viejos; descubrí que había muchos jóvenes anglosajones. Tuve una especie de intuición: los anglosajones reservan la sexualidad para sus vacaciones. El resto del año trabajan mucho, no tienen tiempo, y con las anglosajonas es demasiado difícil. Son tan aburridas, tan complicadas…

Aunque las pinceladas de extrema crudeza ya sean moneda corriente en las novelas francesas, Ud. logra escandalizar al público? ¿Cómo hace?

-Tengo una hipótesis inmodesta: soy mejor que los otros en las escenas de sexo. Las mías parecen más auténticas. Lo relaciono con el hecho de que yo describo sensaciones y emociones; los otros se contentan con nombrar diversos actos.

-Aun así, ¿ Plateforme le parece una apología de la prostitución?

-En Tailandia, es una profesión honorable. Ellas son amables, proporcionan placer a sus clientes y cuidan de sus padres. Sé muy bien que en Francia hay quienes se oponen; yo estoy a favor de una organización racional, algo así como la que existe en Alemania y, sobre todo, en Holanda.

-No obstante, es partidario de que haya ciertas barreras, ¿verdad? Por ejemplo, contra la pederastia.

-Por supuesto. Jamás la defendí. Pero en Tailandia no encontré el menor rastro de ella.

-El protagonista de su novela, Michel, habla en un momento de su “inmenso desprecio por Occidente”. Pero ya no es desprecio sino odio lo que usted expresa hacia el islam, ¿no es así?

-Sí, podría decirse que es odio.

¿Tiene algo que ver con la conversión de su madre?

-No tanto, porque nunca la tomé en serio. Fue lo último que encontró para fastidiar al mundo, tras una serie de experiencias igualmente ridículas. No. Tuve una especie de revelación negativa en el Sinaí, allí donde Moisés recibió los Diez Mandamientos. De pronto, sentí un rechazo total por las religiones monoteístas. Leer el Corán es deprimente, ¡deprimente! La Biblia es, al menos, bellísima porque los judíos poseen un talento literario fenomenal; eso puede disculpar muchas cosas. De pronto, tengo una simpatía residual por el catolicismo, debido a su aspecto politeísta. Y todas esas iglesias, esos vitrales, esas pinturas y esculturas…

Su protagonista llega a pronunciar esta frase: “Cada vez que me enteraba de que un terrorista palestino, o un niño palestino, o una mujer palestina embarazada, había sido abatido a tiros en la franja de Gaza, me estremecía de entusiasmo”.

-La venganza es un sentimiento que jamás experimenté. Pero, en la situación en que está Michel, es normal que desee la mayor matanza posible de musulmanes. La venganza existe. El islam es una religión peligrosa; lo ha sido desde su aparición. Felizmente, está condenado. Por un lado, porque Dios no existe. Por el otro, el capitalismo ha minado por dentro al islam. Sólo cabe desear que lo venza rápidamente. El materialismo es un mal menor. Sus valores son menos destructivos, menos crueles, que los del islam.

Entonces, ¿usted carece de aspiraciones espirituales?

-Sinceramente, el deseo de trascendencia no debe de ser muy violento en mí. Mi formación científica dejó una fuerte impronta. Creo en la importancia de la prueba.

¿Le basta la explicación científica de los misterios de la vida?

-Es desagradable, ¡pero tan convincente! Por lo demás, mis novelas y el método científico tienen algo en común: lo experimental. En cierto modo, mis personajes son experimentos que hago con mi cerebro: unos marchan y se desarrollan bien; otros, no marchan.

No sólo se opone, en forma sistemática, a las ideas dominantes; también ataca a ciertos periodistas, a quienes menciona por su nombre.

-Eso tiene que ver con el efecto de realidad, que tanto trabajé en este libro. Adoro a Dostoievski cuando, en sus novelas, menciona a algún publicista completamente olvidado. Me gusta mucho leer las notas al final de los capítulos; es como si me zambullera en un universo que jamás conoceré: la Rusia de 1864. Por otra parte, reconozco que me encanta burlarme de ciertos diarios. Los periodistas de izquierda, ¿a título de qué pueden hablar de política, si nunca produjeron nada? No saben hacer nada; son incapaces de fabricar una mesa. Sus posiciones políticas, además de ridículas, son irritantes.

Entonces, ¿podemos situarlo en la derecha?

-¡Oh, no! Tampoco me siento derechista porque los que he conocido no lograron convencerme de que su superioridad natural sea legítima. En fin, quizás, en el fondo, pertenezca a la derecha. Pero la encuentro demasiado insolente para con los productores. En verdad, nunca pude superar la constatación de que hay gente que trabaja y otra que no hace nada.

Sin embargo, ataca más las ideas de izquierda que las de derecha.

-¡Pero si no hay ideas de derecha!

También ha escrito: “Lo humanitario me da asco” .

-Desde luego, en los conflictos del tercer mundo hay víctimas, pero ellas los provocan. Si a esos pobres idiotas les divierte destriparse unos a otros, déjenlos. Los nacionalistas son primates. Los culpables no son los dictadores sino los individuos de las bases que sólo piensan en combatir. Les gusta empuñar un fusil, les gusta matar, son malos. Todo aquel que toma un arma para defender una causa, sea cual fuere, me parece intrínsecamente despreciable. Admiro mucho a los tailandeses por haberse guardado de intervenir en todas las guerras libradas a su alrededor.

A veces, es preciso defenderse…

-Yo diría que no. Bueno, sí, es preciso. Pero jamás simpatizaré con un beligerante. Les complace tanto matar… Son grotescos por naturaleza.

Cuando describe la violencia en los suburbios, particularmente en el nuevo núcleo urbano de Evry, rodeado por hordas de bárbaros, habla como un partidario de la seguridad a ultranza.

-Eso no es una novedad; es mi lado chevénementista. [Alude a Jean-Pierre Chevénement, ex ministro del Interior y actual candidato presidencial – N. de T.]. Es obvio que la policía debe actuar ante comportamientos contrarios a la moral. Mantener el orden es una cosa normal. No hay motivo para que uno se vea amenazado en su vida cotidiana. En la novela, figura este aforismo de mi predilección: “La gendarmería es un humanismo”. Hecha esta salvedad, como varón, no soy muy represivo. Me parece bien que se haya abolido la pena de muerte, pero no hago de eso una cuestión de principio.

¿Comparte la admiración de los franceses por el general De Gaulle?

-En mi juventud, él me irritaba bastante. No… en última instancia, ¡simpatizo más con Pétain! Es fácil dárselas de listo en Londres, sin afrontar las dificultades concretas del país. Ciertamente, yo no habría sido colaboracionista, pero no por razones ideológicas; en absoluto. La mitad de mis amigos son judíos; pienso que también lo habrían sido en aquella época porque los judíos son más inteligentes e interesantes que la gente común. Ignoro la causa, pero es así. No, en el fondo, creo que habría sido un colaboracionista que intentaba salvar judíos, pero no me habría sentido cómodo… No soy más valiente que los demás; más bien, quizá lo sea un poco menos.

En Plateforme y en Lanzarote , el relato que publicó el año pasado, nos cruzamos con bastantes alemanes. Se diría que es el pueblo con el que más simpatiza. ¿Es así?

-Francamente, sí. En verdad, son interesantes. Son los más tristes; sin duda, eso debe de remontarse al nazismo. Usaré un clisé pero, después de todo, los clisés son a menudo veraces: hay en ellos una verdadera inquietud metafísica, a la que soy sensible, junto con un verdadero gusto por la vida, veta menos conocida. Son muy sexuales, sin ser licenciosos. Algo que siempre me exasperó en los franceses es su pasión por las conversaciones sexuales. Los alemanes actúan más.

¿De veras?

-¡Sí, créamelo! Y son muy afectos a la risa. Carecen por completo de humor, pero tienen una tradición burlesca. Discutiendo con ellos, me vienen a la memoria migajas del alemán. Fue mi primer idioma en el liceo. Dejé de estudiarlo por los mismos motivos que todos: no sirve para nada. En fin, sí, me gusta Alemania; por lo demás, ellos me lo retribuyen bien.

¿Los prefiere a los franceses?

-Sí. Los franceses me exasperan un tanto con su empeño por seguir la última moda. De hecho, los encuentro más sumisos a los norteamericanos que las demás naciones europeas. Por ejemplo, he notado con sorpresa que la cobertura de las elecciones norteamericanas, entre Bush y Gore, era mucho mayor en Francia que en Irlanda, cuando todos los irlandeses tienen parientes allá. En verdad, los franceses se comportan como los criados de una porción del Imperio. Los franceses son tan vanidosos que no quieren quedar al margen de los acontecimientos y, hoy por hoy, todo acontece en los Estados Unidos.

Desde Ampliación del campo de batalla , usted juega con la semejanza entre el autor y el protagonista. ¿Por qué todos esos Michel, esos alter ego?

-Uno los puede utilizar para cosas opuestas. Es divertido. Por ejemplo, este pasaje en la primera página de Plateforme : “Esta es la razón por la que nunca compré un animal doméstico. Tampoco me casé”. En realidad, lo escribí a poco de haber comprado un perro y estando ya casado. Eso permite dar una imagen negativa de uno mismo: lo que uno podría ser y no es. También sirve, y muy bien, para describir cosas que no nos han sucedido, pero que nos hubiera gustado vivir.

Aquello que indigna a Michel, como ese famoso “trabajo de duelo”, el nuevo clisé freudiano de moda, ¿lo irrita también a usted?

-Las personas muy psicoanalizadas que he conocido eran una calamidad. Para un espíritu científico, eso no es verdaderamente serio. No comprendo por qué habría de hacerse un trabajo de duelo, por qué uno intentaría consolarse. No, nadie se consuela por la muerte de un ser querido.

En esta novela, cita a numerosos escritores como si quisiera inscribirse en un linaje literario. Encontramos a Chateaubriand, Conan Doyle, Georges Perec…

-Sí, cito a Perec. Creo que es mi preferido, o casi, entre los escritores franceses del siglo XX. En cuanto a mi linaje literario, he citado a menudo a Baudelaire, Dostoievski y Thomas Mann; me marcaron mucho.

El único autor al que ha consagrado un ensayo es Lovecraft, con quien nada tiene en común.

-Lovecraft es, más bien, una pasión juvenil. Me he apartado mucho de él. Un día, él tomó la decisión heroica de no hablar en absoluto de sexo ni de dinero.

Hay personas que dan poca importancia al sexo. ¿Acaso usted le atribuye una importancia exagerada?

-No, ¡estoy más cerca del término medio que Lovecraft! Además, es interesante escribir acerca de él; las escenas sexuales… Por ejemplo, cuando corregí las pruebas de esta novela, yo estaba bastante en forma e hice no pocos cambios. Pero bueno, no vivo para escribir. Lo digo sinceramente. Hasta ahora, los temas se me imponen. La pregunta que me planteo es si sería capaz de describir la armonía y la felicidad de una manera convincente. Quizás… Es un tema más difícil, pero no necesariamente inaccesible a la literatura. Tal vez sea posible escribir un libro que nade en la dicha desde el principio hasta el fin. ¡Fabulo, teorizo! No es ése el tema de Plateforme pero, aun así, intenté transmitir la sensación de felicidad que tenía de niño. Podía pasarme horas enteras buscando tréboles de cuatro hojas, sin aburrirme jamás. Eso lo he perdido por completo. Sabemos, asimismo, que a los niños les gusta que les cuenten siempre la misma historia. En este punto, el goce de la repetición, también tengo el ejemplo de mi perrito. Es un corgi galés, una raza muy popular en los países anglosajones. Se parece algo al zorro, pero es rojizo y blanco. Es capaz de pasarse tres horas trayéndome la pelota una y otra vez, sin perder una pizca de alegría. ¿Por qué me divierto menos lanzándosela? No se trata solamente del tamaño del cerebro… También juega esa idea de la necesidad absoluta de que nos sucedan cosas nuevas y maravillosas. Eso da que pensar…

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  Un comentario en “Entrevista a Michel Houellebecq”

  1. […] tiempo habíamos incluido una entrevista a Michel Houellebecq escrita que quizás os […]

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