Entrevista a Joseph Stiglitz

 Publicado por el 22 Mayo, 2011 a las 1:23  Premios Nobel, Sociedad  Añadir comentarios
May 222011
 
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Entrevista publicada Xlsemanal

Entrevista a Joseph Stiglitz, economista y profesor nacido en Estados Unidos que recibió el Premio Nobel de Economía en 2001 junto a George Akerlof y Michael Spence por sus análisis de los mercados con información asimétrica.

Usted forma parte del comité de sabios de Zapatero y es asesor del presidente francés, Nicolas Sarkozy. Se lo rifan la izquierda progresista y la derecha liberal…
Lo de Sarkozy me sorprendió. Pero en América decimos que fue Nixon, un republicano, el que restableció lazos con China, algo que en teoría hubiera sido más sencillo para un demócrata. Sarkozy me llamó para reflexionar sobre la mejor manera de medir el bienestar. El producto interior bruto (PIB) no es un buen indicador. Comparar el PIB sólo beneficia a los gobiernos que aumentan la producción material, aunque luego sus ciudadanos no tengan la impresión de vivir mejor e incluso sufran una caída de ingresos o la degradación del entorno. Existe un consenso sobre este asunto. No es una cuestión de derechas o izquierdas. Es una reforma que ya intenté en la Casa Blanca, cuando fui asesor de Bill Clinton, y no fue posible.

Trabajó para Clinton y, sin embargo, apoya a Obama.
Sí, Hillary Clinton y Obama se parecen en algunos temas clave. Pero Obama ha sido mucho más claro sobre Iraq: una guerra fraudulenta y estúpida, y la ha convertido en un tema central de su campaña.

¿Y si gana el candidato republicano, McCain?
Sería un tercer mandato de George Bush. McCain es algo mejor que Bush. Ha protestado contra las torturas, mejoraría en temas como la inmigración, pero sus propuestas empeorarán el déficit. Y la guerra seguirá.

¿Qué tal con Zapatero?
Es excitante colaborar con él. Hay muchas cosas positivas en su agenda.

Una agenda marcada por la crisis económica.
Pero España está en mejor posición que otros países. Estados Unidos tiene un déficit enorme. Las cuentas públicas españolas están saneadas, lo que le da margen de maniobra. En cuanto a la burbuja inmobiliaria, en España se construían más casas que en Francia y el Reino Unido. En mi país, la burbuja animó a los norteamericanos a vivir por encima de sus posibilidades. Ahora que ha estallado muchos ven que sus casas valen menos que las hipotecas.

Crisis financiera, de alimentos, de petróleo. ¿Qué está pasando?
La ralentización de la economía nos lleva hacia una recesión muy seria. Una de las locomotoras de la economía mundial es el consumo de los norteamericanos, pero Estados Unidos tiene cero ahorros. Lo que hace a esta crisis particularmente mala es la inflación. Y en parte es debida a la guerra.

Yo había oído que la guerra estimulaba la economía.
Antes se pensaba eso. Se dice que la Segunda Guerra Mundial ayudó a levantar la economía tras la Depresión. Pero hay métodos más eficaces. Y esta guerra no está siendo buena para la economía. Cuando empezó, el barril de petróleo costaba 25 dólares. Ya ha superado los 135. El poder adquisitivo de las familias norteamericanas, europeas y japonesas está siendo transferido a Arabia Saudí y a los países exportadores de crudo. Les estamos pagando miles de millones en vez de gastarlos en casa.

¿Qué consecuencias puede tener esta crisis?
Estamos ante una de las peores crisis económicas desde los años 30. El recorte de la tasa de interés de la Reserva Federal sólo contendrá un poco la hemorragia. Dos millones de norteamericanos perderán sus casas por la imposibilidad de pagar sus créditos. Y el Gobierno de Bush sólo está ayudando a los bancos cuando debería ayudar a los ciudadanos a conservar sus hogares.

Parece que algunos bancos no han estado a la altura…
J
Los bancos creían en una especie de alquimia financiera. Pensaban que con sofisticadas herramientas en las Bolsas podían convertir malos créditos en buenas inversiones. Obtuvieron miles de millones disfrazando hipotecas basura. El envoltorio valía más que el contenido. Era demasiado bueno para ser verdad.

¿Los directivos de los bancos no sabían dónde se metían?
El sistema los animaban a arriesgarse. Les pagaba por apostar. Cuando las cosas iban bien, ganaron sumas enormes. Ahora van mal, pero no comparten las pérdidas, y si los despiden, se van con grandes indemnizaciones. Los banqueros no entendieron la naturaleza del riesgo y subestimaron las probabilidades de eventos en teoría poco probables, de esos que se supone que pasan cada cien años, pero que en la práctica ocurren cada década. Además, los bancos centrales tardaron demasiado en actuar. La Reserva Federal y su ex presidente, Alan Greenspan, animaban a las familias a que se metieran en hipotecas de tasa variable que ahora muchas no pueden pagar. Tranquilizaban a los que estaban preocupados por la burbuja inmobiliaria diciendo que sólo había «un poco de espuma» en el mercado.

¿Alguna solución?
Tenemos que bajar la demanda de petróleo, así bajarán los precios y ayudaremos al medio ambiente. Los americanos debemos ahorrar más. Pero eso no sucederá a corto plazo. Hay que acabar con los subsidios a los biocarburantes, que distorsionan los precios de los alimentos, y ayudar a los países pobres.

¿Los productos de comercio justo son una solución o sólo se trata de caridad?
Pueden ayudar. Mejoran las condiciones de los trabajadores y de sus hijos. Pero lo más importante es eliminar las barreras comerciales a los países pobres. Hubo cierta apertura, pero menor de lo que aparenta. Y la letra pequeña es bastante hipócrita. A los países pobres se les deja exportar motores de aviones, superordenadores, chips… ¡bienes que no producen!, y se les prohíbe exportar lo que producen: productos agrícolas o alimentos procesados.

En tiempos de incertidumbre recurrimos a los economistas, ¿son profetas fiables?
Las personas se comportan de manera menos racional de lo que creen los economistas ortodoxos. Durante años, los economistas suponían que todos los actores del mercado tienen la misma información y actúan de manera lógica. Estos modelos de expectativas racionales y mercados eficientes han predominado en las universidades. Por desgracia, los estudiantes de estos programas diseñan ahora las políticas de muchos países. La ciencia reconoce sus limitaciones, pero los profetas de las expectativas racionales no suelen ser nada modestos. La irracionalidad se ha comprobado en laboratorio. Hay un experimento muy divertido que demuestra que las personas son menos egoístas y más altruistas de lo que suponen los economistas, excepto en el caso de un grupo: los economistas mismos.

¿Qué puede hacer España para capear la crisis?
Invertir en infraestructuras y mejorar el transporte público para reducir su factura del petróleo. Necesita más trenes de alta velocidad.

Si Estados Unidos está en crisis, ¿de qué modo y con qué está pagando la guerra?
J.S.
Con la tarjeta de crédito; es decir, endeudándose. Lo normal es que los países pidan un sacrificio común: los jóvenes arriesgan sus vidas, los mayores pagan impuestos y una parte de la carga se deja a las generaciones futuras. Pero en esta guerra, no. Cuando Estados Unidos la inició, ya había un déficit. Cada dólar se ha pedido prestado a acreedores extranjeros.

¿Tan mal lo está haciendo Bush?
Existe un debate: ¿quién es el peor presidente de la historia de Estados Unidos desde el punto de vista económico? Unos dicen que Herbert Hoover porque agravó la Depresión. Yo creo que Bush: recortes de impuestos a los ricos, un déficit comercial enorme y un dólar tan débil que para un norteamericano pedir un café en Londres o París es casi una cuestión de altas finanzas.

Usted nació en un pueblo siderúrgico, de obreros del metal, ¿qué tal llevan ellos la crisis?

Se fabrica lo mismo que antes, pero con un sexto de la fuerza laboral. El alcalde está enfadado porque no hay dinero para ayudas.

Por lo menos son obreros cualificados, ellos están en mejor situación para afrontar lo que se nos viene encima…

Sí, los trabajadores sin cualificar son los grandes perdedores. Por eso es tan importante la educación.

En España, muchos inmigrantes se están quedando sin trabajo. Y Berlusconi ha declarado `delincuentes´ a los sin papeles…

Se avecinan malos tiempos para los perdedores de la globalización.

Usted calcula que la guerra le cuesta tres billones de dólares a Estados Unidos y otros tres al resto del mundo…

Y nos hemos quedado cortos. Para entender esos números le doy ejemplos. Piense en el autismo, que se ha convertido en una epidemia mundial. Uno de cada 150 niños que nacen es autista. Con el coste de cuatro horas de guerra se doblaría la investigación en esta enfermedad. Con una sexta parte de lo que cuesta la guerra, Estados Unidos tendría garantizado su sistema de pensiones durante medio siglo. La de Iraq es la segunda guerra más cara de la historia, después de la Segunda Guerra Mundial.

¿Y por qué es tan cara?

Una de las razones es que es una guerra privatizada. El Gobierno ha recurrido a contratistas. Un guardia de Blackwater puede costar más de mil dólares diarios. Se hace muy difícil reclutar soldados. Los que han luchado en Iraq y terminan contrato saben que su salario se puede duplicar si firman con un contratista privado.

Y todo esto sin contar el coste para los iraquíes…

Un coche bomba que mata a 25 personas ya no es titular. La mitad de los médicos iraquíes ha muerto o ha huido del país.

¿Qué piensan los veteranos de guerra sobre su libro?

La acogida ha sido muy positiva, incluso la de generales que han mandado tropas sobre el terreno. Los veteranos están indignados con la forma en que la Administración trata a los soldados. El Gobierno tardó varios años en encargar los vehículos acorazados, que habrían salvado muchas vidas. Como es una guerra impopular y hay poca gente dispuesta a ir a Iraq, muchos soldados han tenido que realizar hasta cuatro turnos allí.

No le salen las cuentas tampoco sobre el número de bajas…

El número de heridos es el doble de lo que la Administración Bush reconoce. Por ejemplo, si un convoy es atacado y alguien resulta herido en la explosión del primer vehículo, se contabiliza como baja de guerra; si el segundo vehículo choca con el primero, es un accidente. Además, soldados que han firmado un contrato de tres años y resultan heridos deben reembolsar parte del dinero que habían percibido.

¿Y qué pasa con los heridos cuando vuelven a casa?

Un tercio de las tropas padece heridas invisibles: estrés postraumático, daños cerebrales, depresión profunda… La guerra de Vietnam generó un gran número de indigentes, gente sin hogar porque era incapaz de volver a trabajar, de reintegrarse en la sociedad. Esta guerra está creando la nueva generación de indigentes para los próximos treinta o cuarenta años.

Usted ha peleado en mil batallas; por ejemplo, ayudó a una tribu de indios en un litigio…

Sí, a los indios séneca. Habían arrendado sus tierras por un precio bajísimo y se había fundado una ciudad en ellas; por cierto, llamada Salamanca. Cuando se terminó el contrato, el Ayuntamiento les ofreció una miseria para comprarlas. Los indios ganaron y les pagaron más, pero en lugar de emplear el dinero en una fundación para educar a los niños, se lo repartieron.

Dicen que usted se obsesiona tanto con sus investigaciones que una universidad le prohibió dormir en el despacho…

En el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) querían asegurarse de que yo tuviese un apartamento donde dormir. Ya lo tenía, pero estaba muy lejos. Una de las cláusulas que firmé establecía que me buscase otro apartamento.

¿Y en Cadaqués desconecta?

Anya y yo venimos a España cada vez que podemos. Conozco bastante el norte. También Toledo, Sevilla… En Cadaqués doy largos paseos con mi mujer y también trabajo. Estoy actualizando las cifras para la edición americana en tapa dura del libro sobre la guerra junto con la profesora de Harvard Linda Bilmes.

Parece que a los científicos les gusta más trabajar en equipo que a los escritores.

Hay aspectos muy especializados que sólo se pueden abordar colaborando. Linda es una experta en presupuesto. De eso sabe mucho más que yo.

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