Entrevista a Don McCullin

 Publicado por el 7 Marzo, 2011 a las 12:06  Fotografia  Añadir comentarios
Mar 072011
 
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Entrevista a Don McCullin, nacido en 1935 en Inglaterra y considerado uno de los mejores fotógrafos de guerra de la segunda mitad del siglo XX.

Esta entrevista a Don McCullin fue realizada por Hugo Beccacece para La Nación en 2004.

-¿Por qué vino a la Argentina?

-Vine a fotografiar los viñedos de Nicolás Catena en Mendoza. Paisajes en colores. La región y los viñedos me parecieron muy hermosos y la gente, muy amable. Pero mi reputación no se hizo con los paisajes, sino como fotógrafo de guerra. Tomé fotos de guerra muy fuertes en blanco y negro durante treinta años. Estuve en Chipre, en Vietnam, en Beirut, en Biafra, en la Guerra del Golfo y en Irak el año último.

-Pero creo que esta última vez no pudo llegar adonde quería.

-En efecto. Quedé atrapado en el Norte, entre los kurdos, durante dos meses. Hace diez años había estado en la misma zona tomando fotografías. En esta oportunidad, los kurdos me habían dicho que me iban a dar asistencia, pero cuando llegué, nos traicionaron y no nos dejaron ir adonde deseábamos porque, decían, era muy peligroso. Yo estaba con un grupo bajo el mando de un hombre que los norteamericanos apoyaban. El tenía como misión crear un nuevo gobierno y por eso quería llegar contra viento y marea a la capital Era una aventura extraña y un hombre extraño. Tenía setecientos hombres a sus órdenes a los que entrenaba para ir hacia el sur, hacia Bagdad, y luchar. Entre ellos había muchas figuras turbias, espías, mercenarios, gente conectada con Washington, ese tipo de ambiente. Todo era como en una película. En los cuartos, esos militares, para llamarlos así, dormían con las ametralladoras, las Kaleshnikov a mano. En un momento me dije: “¿Qué estoy haciendo aquí con estos personajes?” Por supuesto, si esos hombres se hubieran abierto camino hacia Bagdad para luchar, hubieran vencido y yo hubiera sobrevivido (todo muy improbable), habría conseguido una historia extraordinaria. Pero decidí ir a Kuwait y tomar un vuelo de regreso a Londres.

-¿Piensa seguir trabajando en los frentes de guerra?

-No creo que vuelva a hacerlo. No es para mi edad. Voy a cumplir sesenta y nueve años en octubre y tengo una nueva esposa y un nuevo hijo, que acaba de cumplir un año. Estoy harto de la fealdad y del horror de las guerras.

-¿Esta es la primera vez que viene a la Argentina?

-Sí. Quise venir para cubrir la guerra de las Malvinas, pero los militares ingleses no me lo permitieron porque tengo la reputación de ser un fotógrafo cuyas imágenes tienen efectos antibélicos. Mis fotografías habrían mostrado el lado oscuro de la contienda. Nadie gana en una guerra, por el contrario, todo es pérdida.

-¿Como fotógrafo usted toma partido?

-Sí. Tomo partido por los oprimidos. Cuando voy a una guerra, siempre leo todos los informes y los libros sobre los problemas que la generaron. Pero cuando se llega a los lugares de combate, es imposible actuar con una mente abierta porque las atrocidades que uno ve hacen que uno se incline por los que han sido agredidos o invadidos, por los débiles. Cuando fui a Beirut y vi a la Falange Cristiana asesinando niños y mujeres, no necesité que nadie me dijera cuál era el partido que debía tomar. Lo que la Falange Cristiana estaba haciendo era criminal, no tenía nada que ver con la política. Una vez asistí a un episodio espantoso en aquella ciudad. Fui testigo de cómo un hombre, en la escalera de su casa, rodeado por su familia, era apuntado por un miembro de la Falange. Recuerdo la mirada de ese hombre que se dirigía a mí para que yo pidiera por su vida. No pude hacer nada. Un soldado cristiano me había dicho: “Si usted toma una foto, lo mato”. En ese momento, yo me preguntaba cómo aquel soldado podía llamarse cristiano y matar inocentes en nombre de Dios.

-¿Cuándo y cómo decidió convertirse en fotógrafo de guerra?

-En primer lugar, ni siquiera sabía en mi juventud que iba a ser fotógrafo. No decidí mi profesión. Crecí en un barrio muy pobre de Londres. No tenía ninguna educación. Dejé el colegio a los quince años. Mi padre murió cuando yo tenía trece y la cólera por su muerte me cegaba. Estaba rodeado en mi vecindad por chicos que, con el tiempo, llegaron a ser delincuentes. Algunos ya lo eran. Yo podría haber sido un criminal. Entre mis compañeros de esa época, había algunos ladrones, un asesino… Crecí en la universidad del crimen. Pero una voz me decía que no quería terminar en prisión. Amaba mi libertad. Sin embargo, mis amigos y yo hacíamos cosas contra la sociedad. Ibamos al cine y tajeábamos las butacas, o quemábamos la pantalla, incendiábamos casas desocupadas, rompíamos las vidrieras de los negocios, odiábamos a la policía, a los maestros, a los profesores del colegio. Mi familia era muy humilde. Mi padre sufría de asma. Mis hermanos, mi madre y mi padre vivíamos en una sola habitación. Cuando pienso en ese cuarto, siento que todavía pertenezco a ese lugar y, sin embargo, ahora tengo una casa muy hermosa, con jardín y con un río que pasa por él, en cuyas aguas hay muchas truchas. Antes me gustaba pescar, ahora ya no lo hago.

-Usted estaba condenado a la violencia en su adolescencia, pero pudo evadirse de ella.

-En cierto modo, sí. Mi carrera se inició y se alimentó de violencia. Uno de los chicos que formaban parte de mi grupo se enfrentó a una banda de muchachos. Llegó la policía para separarlos y alguien mató a mi amigo con un cuchillo. Yo no estaba allí, estaba con mi novia. El asesino fue condenado a muerte por el Estado y ahorcado. Yo había tomado fotos como amateur de ese grupo de amigos, entre los que estaba el asesinado, y entonces las llevé a un diario muy famoso, The Observer. Eso sucedía en 1958. Me recibió un señor que miró las fotos, me preguntó si yo las había hecho, se quedó en silencio mientras me miraba y me dijo: “¿Podrías hacer otras?” “Sí”, le respondí. Unas semanas después publicaron media página con mis imágenes. Y, al día siguiente, me ofrecieron un trabajo. Era algo increíble. No sabía nada de fotografía.

-¿Quién le dio la máquina con la que tomó la fotografía de aquella banda?

-La compré durante mi servicio militar, en Kenia. En ese entonces, había una guerra contra los Mau Mau. Las Fuerzas Armadas me enviaron a Nairobi como soldado. Procesaba films, pero no sabía nada de fotografía, ni de reportajes, cuando me contrataron en Londres. Entonces tuve que descubrir en qué consistía mi nueva profesión. Comencé a educarme. Compraba revistas, analizaba los servicios fotográficos, hablaba con fotógrafos importantes, más sofisticados que yo. Así pasaron cuatro años. The Observer me pagaba 20 dólares por dos días de trabajo semanal.

Hacía fotos de huelgas de mineros, de problemas en las industrias. Un día llegué a la redacción y me dijeron que había una guerra civil en Chipre. Me preguntaron si estaba dispuesto a ir allí. Sentí que levitaba. Esa era mi gran oportunidad. Estaba muy excitado porque los últimos meses de mi servicio militar los había pasado en Chipre. De modo que conocía muy bien el terreno al que The Observer proponía enviarme. Cubrí muchas batallas y, en particular, una que se desarrolló muy cerca de la base aérea donde yo había servido. Fui el único periodista que pudo llegar allí. Volví a Inglaterra. The Observer publicó mi trabajo que, de inmediato, fue reproducido por Paris Match, Life y otras grandes revistas de la época. Además, gané el premio de Mejor Fotógrafo de Guerra del año. Creo que pude hacer todo aquello porque en ese entonces la excitación que sentía por lo que hacía y lo que me rodeaba era más fuerte que el miedo. Pero debo reconocer que el miedo ha sido mi compañero más próximo durante treinta años.

-Usted ha dicho que no está interesado en el aspecto estético de sus fotografías de guerra. Sin embargo, son famosas precisamente porque, aun cuando registra las situaciones más terribles, hay una especie de diseño muy plástico en ellas.

-Hay que tener mucho cuidado con ese aspecto de la fotografía. Por supuesto, uno cuida el encuadre, la luz, pero no debe regodearse en los efectos que hacen una imagen más bella. Mi posición en ese sentido es muy clásica. No tengo el derecho de usar el dolor de la gente para elevar mi oficio a un arte. Tengo una obligación moral respecto de lo que hago y de mi trabajo. Desde luego cuido mis fotografías, pero arriesgo mi vida para tomarlas. De modo que tomo algo de ese dolor, pero también doy algo. Documento el horror.

La vida es paradójica. Fíjese que mi padre tenía un problema que, en cierto modo, me apartaba de él, a pesar de que lo adoraba. El era un jugador. Iba a las carreras. Y yo me decía que no quería ser como él, que jamás jugaría. Hoy me doy cuenta de que, comparado conmigo, mi padre era un inocente. El jugaba dinero, yo he jugado mi vida. Todos los temas que tienen que ver con la moralidad y con las reglas son muy intrincados. Ciertas decisiones son difíciles de mantener. Yo me he preguntado a menudo: “¿Tengo derecho a tomar fotografías de un hombre que va a ser ejecutado?” La respuesta es no, a menos que él me autorice.

En Beirut, una vez, entré en una casa, los soldados cristianos hacían bajar a todos los palestinos, mujeres y niños por la escalera. Había dos hombres en un rincón. De pronto, los soldados los ametrallaron y mancharon las paredes, las escaleras y nuestras ropas con sangre y fragmentos de cerebro. Tuve que salir para recomponerme. En ese momento, no tomé fotografías, el oficial que estaba a cargo de esos militares me había amenazado con matarme si lo hacía.

Después ese grupo armado se fue. Siguieron con su recorrido de inspección, casa por casa. Ese día mataron a cientos de personas. Yo aproveché que ellos se habían ido, volví a entrar en la casa y tomé imágenes de esas dos víctimas. Salí y vi a unos hombres que perseguían a otros hombres. Se metieron en una calleja. Los perseguidores los golpearon, los patearon y destruyeron el negocio donde se habían refugiado. Las balas que atravesaban sus cerebros rebotaban contra el piso. Yo estaba envuelto en polvo, en humo y salpicado de sangre. De pronto, alguien vino y me dijo: “Usted debe abandonar ya mismo este distrito o lo mato”.

Era la segunda advertencia que recibía en el día. Tomé el rumbo que iba a conducirme fuera de ese barrio y, entonces, escuché un laúd. En una de las callecitas, había una chica muerta, tirada en el suelo y, más allá, un grupo de muchachos. Uno de ellos, tocaba el laúd, con un arma al costado, mientras los otros lo escuchaban. Y el chico, me llamaba y me decía: “Mister, mister, photo, photo”. Quería que yo lo fotografiara. Pero de nuevo apareció aquel hombre amenazador que me repitió: “Si no se va, lo mato, nada de fotografías”. Y yo me decía: “Tenés que hacerla”. Fingí que me iba, pero a escondidas, tomé la foto. Es una imagen muy extraña. La chica muerta, el laúd y las armas en manos de unos muchachitos.

-¿Es difícil después de una experiencia semejante volver a la vida normal, a la paz?

-Al principio, cuando uno empieza a cubrir guerras, todo es muy excitante. Uno no se plantea cuestiones morales. Pero a medida que desarrolla su trabajo, a medida que ve matar niños o que los ve agonizar, las cosas se vuelven horribles y entonces surgen los cuestionamientos. Cuando fui a Vietnam, todo me resultaba excitante: las bombas, la selva, los paracaídas, los helicópteros, las explosiones. Era Hollywood. Apocalypse Now. Estuve presente en dos batallas muy importantes. Yo me encontraba con el Quinto Batallón de Marina. Los norteamericanos bombardeaban la ciudad de Hue. Había aviones, cohetes, naves, misiles. Los soldados norvietnamitas que un día había visto en las murallas, al día siguiente habían desaparecido. Estaban muertos. Los occidentales dormíamos separados de los cadáveres norvietnamitas por una muralla. Las ratas y los cuervos comían esos restos humanos. Estuve allí doce días. Cuando me fui, parecía tan loco como los soldados norteamericanos que había fotografiado. Y me preguntaba: ¿qué tiene esto que ver con la fotografía? Después, cuando fui a Africa, llegué a un campo y vi a ochocientos niños que se morían de hambre, entonces me dije: “Despiértate”.

-¿Usted fue herido en una de esas guerras?

-Sí. En Camboya, en los años 70. La esquirla de una de las bombas de los Khmer rojos me hirió en una pierna y me dejó sordo de un oído. Recuerdo que mis compañeros me pusieron en un camión, apilado con muertos y heridos. Un enfermero me inyectó morfina y, de repente, el mundo fue algo maravilloso. Hasta me sentí con fuerza para tomar fotografías de quienes estaban conmigo en el camión. Llegamos a un hospital donde permanecí diez días. También tuve otro accidente en El Salvador. Estaba arriba de un techo y por un bombardeo todo se vino abajo. Tenía una cámara en mi espalda. Mientras me caía tuve tiempo de pensar: “Mi columna vertebral”. La cámara me rompió todas las costillas y me hizo pedazos un brazo. Me arrastré hacia otra casa donde había un soldado y una radio. Pasamos toda la noche refugiados allí. Por la mañana, me llevaron a un hospital. Volví a Inglaterra. Durante tres años, no pude levantar el brazo herido. Pero aprendí a tomar fotos con el brazo sano. Después pasé por una crisis moral. Empecé a tomar fotos de los paisajes donde vivo en Inglaterra, en Somerset. Son las tierras del legendario rey Arturo. Y ahora la gente está más interesada en mis paisajes que en mis otros trabajos.

-¿Cuándo decidió dejar de hacer fotos de guerra?

-Es una decisión que se fue forjando lentamente. Y ya ve usted, el año pasado quise seguir haciéndolo. De todos modos, hubo un hecho que me marcó profundamente. Estaba en Beirut y vi cómo una bomba caía sobre una casa y la destruía por completo. En la calle, había una mujer, la propietaria. Delante de sus ojos, en un segundo, había visto desaparecer todas sus posesiones, lo que había levantado en toda una vida. Yo alcé mi cámara y tomé una fotografía de ella frente a las ruinas. La mujer se dio cuenta. Vino hacía mí y me empezó a pegar. Me pegaba y me pegaba. Yo no me defendía. No tenía derecho de hacerlo. Esa foto conmovedora, por la que me pagarían mucho, la había conseguido gracias a ese hogar reducido a cenizas. Volví al hotel. Me decía: “Estoy harto de este trabajo”. Fui al café a tomar algo para recuperarme. Y, al rato, apareció un amigo y me dijo: “¿Sabés una cosa?” “No me molestes”, le contesté. Y él continuó: “La mujer que te pegó, la mujer a la que le destruyeron la casa, acaba de ser matada por una bomba”. Regresé a Inglaterra. Desde entonces no fui el mismo. En diez años no volví a tomar fotos de guerra. Entre otras cosas, durante ese tiempo publiqué varios libros.

-Usted prefiere tomar fotografías en blanco y negro. ¿Por qué?

-Porque cuando las imprimo puedo inyectarles más drama, más fuerza. Son tan distintas de mis paisajes en colores. Estos forman parte de la segunda parte de mi vida. Ahora, mientras trabajo en casa escucho música clásica. Odio la música pop. Después de haber visto tanto horror, amo las cosas bellas, las galerías de arte, los museos. Colecciono piezas orientales y libros antiguos.

-¿Le interesa la fotografía digital?

-Me parece una invención importantísima. Pero prefiero el papel. Hay matices que sólo el papel puede dar. Entre otras cosas, puede provocar enfermedades. Después de pasar cuarenta años con mis manos en el agua, revelando fotografías y trabajando con ácidos, tengo artritis en mis manos. Sé que, dentro de unos años, todo será digital. Hasta va a ser difícil conseguir lo necesario para seguir trabajando con papel. Pero yo pertenezco a otra generación. Estoy acostumbrado a trabajar de otro modo.

-¿Le gusta hacer retratos?

-No. Porque para hacer una buena fotografía de gente famosa, se necesita por lo menos una hora. En una hora, se puede tener una idea de cómo es alguien, pero la gente famosa sólo concede diez minutos para una fotografía. Y, de ese modo, es imposible hacer un buen trabajo. En mis paisajes, no aparecen seres humanos. Sí he retratado a los niños que sufrían hambruna, a las víctimas del sida en Africa. Estoy empeñado en una campaña contra esa enfermedad en el continente africano.

Fui a Vietnam varias veces, pero mi mejor viaje, el más productivo lo hice en 1968. También fui a Biafra y tomé imágenes muy fuertes de esa tragedia. A pesar de que, en el medio fotográfico, estoy tan identificado con la acción bélica y las hambrunas, pocos meses después de haber regresado de Biafra me llamaron de parte de los Beatles y me propusieron pasar todo un día con ellos y fotografiarlos. Acepté. Recorrimos Londres con ellos y yo registré lo que hacían. Me pagaron 200 libras, lo que entonces era mucho, mucho dinero. En un momento, John Lennon me dijo: “Toma esta foto”. Se tiró al suelo y se hizo el muerto. Los otros tres fingieron que estaban velándolo. Fue una fotografía profética.

Hace cuatro años publiqué un libro cuyo título es Durmiendo con fantasmas. Ese título sintetiza mi vida. En mi casa guardo miles de negativos. Esos negativos emiten una especie de energía triste. Por la noche, cuando me voy a dormir, siento esas vibraciones del pasado. Quise dejar un testimonio de lo que había vivido y escribí mi autobiografía, Unreasonable behaviour, con la ayuda de un amigo. El libro termina con la muerte de mi primera mujer, de la que ya estaba divorciado. Ella murió el mismo día en que mi hijo se casaba. Fue terrible.

Mi nueva esposa es una mujer muy hermosa, muy culta, habla varios idiomas, viaja mucho, es hija de un embajador y tuvo una existencia muy distinta de la mía. Además, tengo un hijo de 14 meses, Max. Yo he estado rodeado de muerte y de violencia desde chico. Piense que los niños de mi generación padecieron los bombardeos de Hitler. Además, la enseñanza era tan cruel en aquella época. Los maestros eran sádicos. Recuerdo que me pegaban. Cuando pienso que a pesar de todo ese dolor, de haber estado casi condenado a ser un delincuente en mi juventud, pude cambiar lo que parecía un destino, me asombro.

Seguí rodeado en Asia, en Africa y en América de espanto y de oscuridad, pero tomé distancia de las tinieblas para registrarlas. En vez de convertirme en un ser violento, o en un desecho humano, hice de ese mundo atroz que conocí en mi niñez y en mi adolescencia el tema de mis fotografías. Para librarme de la desdicha, di testimonio de ella.

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