Entrevista a Belén Gopegui

 Publicado por el 21 mayo, 2011 a las 1:55  Destacadas, Literatura  Añadir comentarios
May 212011
 
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Entrevista publicada en ElCultural.

Entrevista a Belén Gopegui con motivo del lanzamiento de su nueva novela, Acceso no autorizado, de la que cabe esperar la calidad de las anteriores novelas de esta enorme escritora.

Su nueva novela tiene también algo de alegato antisistema. Es, me parece, el más radical de todos sus libros. ¿Exagero?

Es la novela de alguien que entra en el ordenador de una vicepresidenta y, como pasa en las novelas, se recorren caminos y se lanzan señales. Podemos llamarla antisistema si llamamos prosistema a muchas de las que se publican. La mayoría de mis libros son radicales en cierto sentido, quizá se refiere a que éste es el que más se adentra en la oscuridad, como dicen los hackers: “Si cuando te metes en el túnel miras hacia la luz, estás mirando en la dirección equivocada”; es importante conocer el túnel.

El túnel no le ha gustado nada a la escritora. Y lo cuenta. Lo cuenta de forma transparente, con un lenguaje coloquial y preciso. El escenario que dibuja es aterrador, aterrador por real. ¿A dónde ha querido llegar, qué ha pretendido?

He querido contar una historia de confianza en un tiempo donde todo lo sólido se desvanece. Las historias están por todas partes, nos vivimos en tanto que personajes que forman parte de diferentes narraciones y a veces de manera casi inadvertida adaptamos nuestro comportamiento a esas historias que oímos o leemos. Por eso, aunque hay algún soplo aterrador en el libro, soplos que están en nuestro entorno, el núcleo de la novela es una historia de asistencia remota, una compañía desde lejos que algo tiene en común con la relación entre quien lee y quien narra.

Son muchos los blancos de su crítica, el poder del dinero (como siempre) en primer lugar, pero también el PSOE traidor, con un personaje que se parece demasiado a Rubalcaba y un presidente débil, “sin ideología”. ¿Es su novela el ajuste de cuentas de una persona hondamente defraudada?

Suelo procurar que mis novelas rompan la estructura habitual del género, para llamar la atención sobre el hecho de que ningún relato es inocente. En este caso no he recurrido a cambios estructurales sino a que he trabajado con la verosimilitud. Algunas novelas toman hechos históricos y rellenan los huecos, cuentan lo no contado, lo que pensaban los que se hundieron en el Titanic, o un miliciano, etcétera. En esos casos, la realidad escribe por el novelista, quien no puede elegir los hechos y debe centrarse en los motivos. Acceso no autorizado, por el contrario, no es historia sino ficción, los hechos los elige quien narra; no obstante, para ampliar el campo de batalla de lo verosímil, cuestionando la aparente neutralidad de lo que nos parece posible o adecuado, convenía dotar a la novela de una textura real. Así, he acudido a personajes que toman algunos rasgos, y no otros, de políticos reales, una vicepresidenta, un ministro, un militante concreto del PSOE, y he escrito una historia que no ha sucedido pero que, en la novela, sucede. No hay pues ajuste de cuentas sino una impugnación de la nostalgia, lo que no pudo ser fue, sin embargo, en la novela; hay, entonces, una tentativa de futuro.

¿Pero está escrita desde la decepción, el desengaño, o más bien desde la furia?

Me gusta la noción de “fe furiosa” que ha trabajado Domenico Losurdo, es un estado en que no es posible vivir mucho tiempo, tampoco se puede escribir cada minuto desde ahí, es un viento racheado, una mezcla de seguridad en que habrá un futuro radiante, y de golpes de cansancio, desaliento, paranoia. En la teorización de Losurdo, incorpora un entusiasmo y esfuerzo febriles, y se refiere a momentos revolucionarios. Por comparación, la escritura de una novela no sería más que un paseo a media tarde, pero en alguna esquina se formaría un remolino y soplarían ráfagas de fe furiosa.

“Cuando te desengañas, dice uno de sus personajes, ya no te puedes volver a engañar”… ¿Qué vale la rabia, cuando todos parecen necesitar un calmante que ayude a olvidar el paro, la hipoteca, la desesperanza?

Tanto como todos… Algunos no necesitan calmantes, disfrutan de sus privilegios y eso les basta. De todas formas, creo que no estoy de acuerdo con ese personaje, es relativamente fácil olvidar lo que se sabe. Nos volvemos a engañar una vez y otra, porque la verdad, como trabajar, cansa. La rabia, el coraje, la ira, valen mucho. Sobre todo en la batalla y más si es rabia organizada; no pensemos solamente en una organización rígida, también es posible seguir las pautas de T.H. Lawrence en Guerrilla cuando dice: “los árabes eran como un vapor llevado por el viento”.

¿Está llamando a la rebelión?

No, estoy llamando a la organización. O, si quiere, a una rebelión organizada.

En la novela hay algo de homenaje a la vicepresidenta Fernández de la Vega.

El único homenaje es a uno de los personajes secundarios, Amaya, y a través de ella a las personas que militan en proyectos radicales, que vuelcan horas y horas en tareas que no guardan relación con su mundo privado, y tienen más potencia y más vida que nadie que conozca.

¿Cree que hay muchas amayas en las listas que este fin de semana se presentan a los ayuntamientos, o los partidos han acabado destrozándolas?

Las que yo conozco no suelen acabar en las listas. Suelen estar detrás. En la sombra. Aunque supongo que alguna quedará todavía con ilusiones.

¿Hubiera deseado que la protagonista lograra la nacionalización de las cajas de ahorro y tantas cosas que anhelaba y que al fin naufragaron?

Lo que yo pediría a un partido socialista es que lo fuese realmente, con todo lo que implica: rectificar, por ejemplo, las declaraciones, a veces bien dirigidas, en defensa de la sanidad y la educación públicas, agregando el reconocimiento de que fue ese mismo partido quien propició el camino hacia la privatización en que ahora estamos inmersos. Sólo contando a qué amos servían entonces podrán decir también qué ayuda necesitan para librarse de ellos. Pediría que el GAL no se hubiera dirimido como un rifirrafe entre el PSOE y la derecha, sino en las filas de la izquierda y del centro izquierda, en un debate colectivo que eludiera justificaciones y buscara el modo de hacerlo irrepetible. O que en vez de recurrir a la estrategia mezquina del voto útil, se intentara convocar a todas las personas de izquierdas sin pedirlas que renuncien al voto a su propio partido, por minoritario que éstos sean, sumándolas a un proyecto donde más allá del rédito electoral cuente la voluntad de transformar un mundo que si no fuera terrible sería ridículo, un mundo de reglas absurdas e injustificables. La posibilidad de que algo así ocurra en el PSOE parece haber desaparecido, así que vendrán más años malos y temo que entonces mi generación sólo pueda decir: tuvimos nuestro momento pero no intentamos nada.

Por qué? ¿Qué les paralizó?

No sé, muchas cosas… De todos modos, no daría todo por perdido. Todavía le queda algún momento a mi generación.

“Presidente, sabes que deberías convocar elecciones”… “¿Te acuerdas, presidente, de todo lo que luchamos y ahora cedes y cedes y vuelves a ceder?”… “No necesitábamos caer tan bajo, lo hicimos pero no lo necesitábamos, ni tu ni yo, ni tampoco el Estado y la cal viva”… Hay mucha información real en su novela, muchos datos verídicos. ¿De dónde proceden? ¿Cuánto le debe la realidad a la novela y cuánto a la ficción?

Proceden de la imaginación y el trabajo; éste incluye, según en qué clase de historias, hablar con personas que conozcan el mundo del que vamos a tratar, además de documentarse a través de artículos, bibliotecas y de la red, donde es posible encontrar materiales valiosos si se tiene un poco de paciencia. ¿Proporciones? La novela debe todo a la ficción, porque la ficción es una forma temblorosa de ordenar la realidad.

En las novelas de Gopegui los malos suelen ser demasiado malos y los buenos, demasiado buenos y valientes, que caen en contradicciones y se atropellan.

Le respondo primero con palabras de David Mamet: “Habitamos un mundo extraordinariamente depravado, interesante y salvaje donde las cosas no son en absoluto equitativas, y el propósito del auténtico drama es ayudar a que no lo olvidemos”. A veces el temor a ser acusados de maniqueísmo hace que los autores renuncien a la complejidad y traten de igualar a todas la personas buscando que la media entre sus virtudes y sus defectos esté siempre en torno al cinco. Pero si esto es discutible con respecto al carácter, lo es más aún con respecto a los actos. Hay daños objetivos, y personas que los provocan. En la novela he elegido no ocuparme de la psicología de todos los personajes, sino tratar a veces sólo sus actos y sus consecuencias; muy posiblemente en la intimidad esos personajes tengan impulsos generosos y contradictorios, pero eso no puede privarnos de contar su acción y sus efectos. También hay personas que resisten, que no pactan y se la juegan, y aunque sin duda tendrán contradicciones y momentos negros, sus actos cuentan.

La llegada al software libre – ¿Cuándo decidió sumergirse en el laberinto informático en el que vivimos y que nos domina sin que lo sepamos? ¿Somos definitivamente vulnerables?

Hace algunos años me pasé al software libre, decidí que quería comprender, al menos en parte, lo que sucedía en el ordenador, y dejar de depender de unas empresas que ocultan sus fuentes. Encontré una comunidad magnífica que te ayuda a resolver dificultades y te enseña cómo resolverlas sola la próxima vez. Cuando, tiempo después, pensé en esta novela, me fue fácil acudir a personas que me asesoraran en las cuestiones técnicas. En cuanto a la vulnerabilidad, debiéramos preocuparnos sobre todo por las corporaciones que poseen nuestros datos y nos impiden conocer los mecanismos que estamos usando. Y por nuestra dependencia de una red centralizada que cualquier día, a no ser que luchemos para evitarlo, dejará de ser neutral.

¿No le parece a usted que internet ha creado ciudadanos de primera y de segunda?

Hay grandes empresas que buscan esa división, pero internet en general creo que ha ampliado el radio de acción de millones de personas, sin olvidar, claro, que sigue habiendo muchas más que aún no pueden acceder a la red, o sólo pueden hacerlo en condiciones pésimas; no obstante esas personas tampoco pueden acceder a una educación digna, el problema no es internet sino la desigualdad social y económica. Otro asunto es qué pasará en los próximos años con la carga ecológica que genera internet, y con la apropiación privada de una red que debería ser pública.

¿Recomienda que desenchufemos los ordenadores, olvidemos los móviles y volvamos…? ¿a qué?

Quien escribe no recomienda, no aconseja, pone en pie un mundo para que otros lo ocupen un tiempo, aunque claro que piensa en el después, excepto en la infancia todos piensan en el después. Escribimos sabiendo que al cerrar el libro se vuelve a la misma acera desierta en medio de la noche, un autobús pasa con las puertas cerradas, llueve. Podemos imaginar ese autobús iluminado por dentro y a dónde llevaría, pero que se detenga o no, que abra las puertas, no depende sólo de la novela sino de una aventura común.

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